Oct. 18, 2026
El escudo de la fe no es una confianza ciega ni un simple optimismo ante las dificultades; es una confianza firme en el carácter de Dios, en el poder de sus promesas y en la fidelidad de su Palabra. Pablo nos exhorta a tomar este escudo para apagar los dardos de fuego del maligno: sus engaños, acusaciones, tentaciones y dudas que buscan debilitar nuestra confianza en Dios.
La verdadera fe no consiste en confiar en que Dios hará siempre lo que deseamos, sino en descansar en quien Él es, aun cuando no comprendemos sus caminos. Por eso, debemos perseverar en la fe, aferrándonos a sus promesas y confiando en su poder, incluso en medio de las pruebas. La victoria no está en la fuerza de nuestra fe, sino en la fidelidad y el poder del Dios en quien hemos creído.






